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“Hoy el día es gris. No hay nada. No hay ánimos. No hay palabras. No hay alegría ni emoción. Hoy no estás, pero tampoco estoy yo. Tampoco hay ganas de seguir. Lo que hay es dolor, lo que hay es ausencia. Me siento como un vaso a medias. Sumergida en ese vaso en donde no escucho nada. En donde no funcionan las cosas. Lo que hay es dolor, lo que hay son heridas. Como un rompecabezas sin saber dónde empezar. Hoy me duelo yo.”

Este párrafo es mío. Soy yo hace unos cinco años. Te mentiría si te dijera qué estaba pasando por mi cabeza. Creo que eso es lo de menos. Todos los 10 de cada mes tengo un recordatorio en mi teléfono que me dice: “lo estoy logrando.” Porque esa niña con el alma rota y corazón perdido no encontraba una salida, y creía que nada tenía sentido. Pero hoy, lágrimas y tocadas de fondo después, aquí estoy.

Le escribí una carta a esa versión de mí que ya no existe, y te la quiero compartir. No sé si tú estés pasando por un episodio de depresión, si estás en un momento de tu vida en el que te sientes perdida, o si conoces a alguien que podría estar viviendo esto. El suicidio es un secreto a voces que no deberíamos tomar a la ligera.

Sé sincero contigo, habla con tu red de apoyo, deja que tus lágrimas limpien tu alma, pídele a Dios, al Universo o a la vida que te encuentren allí donde estás para volverte a construir. Y lo más importante, pide ayuda si sientes que no puedes solo.

Querida Sara:

No quiero preguntarte cómo estás, porque sé que tu respuesta sería una mentira. Sé que respondes en automático el “cómo estás”, porque no hay palabras para explicar el dolor, la desilusión y el cansancio que llevas dentro.

Quiero recordarte que yo también lo viví. Conozco qué es sentirse en un lugar tan oscuro que no hay una visión clara de una salida sin dolor. En ese irónico lugar donde todo es oscuro, todo es incierto, todo duele, todo se siente, pero aun así, nada ni nadie te importa.

Sé que te has guardado muchas lágrimas, que has renunciado una y otra vez a la idea de ser feliz. Sé que ya no hay fuerzas, ya no hay ánimos y ya no hay motivos para seguir.

Tal vez ahora no encuentres razones para seguir, tal vez todo parezca que nada vale la pena, que nada tiene sentido y que no eres lo suficientemente importante para estar aquí.

Sara, sé que, a pesar de todo, has seguido aquí. Gracias. Gracias por seguir luchando, por luchar por las dos. Gracias por intentarlo una vez más, por quedarte y permitirme ahora disfrutar de todo lo que la vida tenía para nosotras. Gracias por luchar un día más, una semana más, unos minutos más. Te prometo que este no es el final. Te prometo con mi corazón completo que todo pasa. Que la tormenta se calma, que las dudas de a poquitos se empiezan a despejar. ¡Aprendimos a bailar bajo la lluvia! Aprendimos a soltar, a dejar ir lo que nos duele, a alejarnos de lo que nos atormenta.

Sara, te quedaste solo por la curiosidad de qué pasa después, y hoy te quiero contar que: todo está bien. No como lo planeamos, no como lo pensamos, pero estamos bien. Todo está bien.

Todo ese dolor, esa angustia y ese vacío que hoy sentías, se convirtieron en cicatrices que hoy te enseñan a valorar, a cuidar y a amar. Porque aprendimos a amar con el alma, de verdad.

La vida está lejos de ser perfecta, pero aprendimos a disfrutar el camino. Un día a la vez. Y nada hubiera sido posible si nos hubiéramos rendido. Nos queda mucho por vivir, por reír, por aprender.

Te amo siempre, siempre.