He estado muy cerca de las despedidas.
Tú, como yo, seguramente te has despedido más de una vez: de algo, de alguien, de algún lugar.
He vivido despedidas lentas, pausadas, y otras que llegaron sin previo aviso. Todas me han hecho pensar en esas “últimas veces”. Últimamente, me encuentro cada vez más cerca de “mi última reunión”, “nuestra última cena”, “el último abrazo”. Esas despedidas que nos hacen sentir que el tiempo se nos escurre entre las manos.
A veces, esas “últimas veces” no son como las esperamos. Las despedidas no siempre son cómodas; no son como en las películas o cuentos de hadas. Nos aferramos al dolor, sufriendo nuestras “últimas veces”, porque sabemos que en el futuro, esas personas o momentos ya no estarán, y duele pensar que no los volveremos a vivir. Nos gustaría que cada despedida fuera mágica o impactante, pero la realidad es que muchas veces no es así.
Hace unos días, hablaba con una amiga sobre esas “últimas veces” que no reconocemos en el momento. Un día dejamos de usar la bicicleta de cuando éramos niños sin saber que sería la última vez. Un día dejamos de jugar con nuestro juguete favorito, sin darnos cuenta de que nunca más lo volveríamos a hacer.
De pequeños es sencillo, porque todo lo disfrutamos, todo lo aprovechamos. Vivimos sin preocuparnos por el final.
Hoy, al mirar hacia atrás, me doy cuenta de que quizá no pude despedirme de mis compañeras de trabajo como lo había soñado. No pude abrazar a mi mamá antes de que se fuera como tanto hubiera querido. No tuve esa última conversación con esa persona, como alguna vez lo imaginé.
Pero, ¡cómo disfruté a mis amigas! ¡Cómo reímos juntas! Y vaya que disfruté a mi mamá, le di todo mi amor y cariño mientras estuvo aquí. Y claro que disfruté largas conversaciones, esas que duran horas, y las atesoro con el corazón lleno.
Últimamente he pensado que quizá me toque seguir viviendo despedidas. Quizá la vida esté llena de “últimas veces”. Pero, ¿y si nos enfocáramos más en disfrutar nuestro presente, como si fuera el último?
Ojalá fuéramos más conscientes de que podemos estar despidiéndonos en esa comida, en esa risa, en ese abrazo. No para vivir con preocupación, sino para abrazar más fuerte, agradecer más profundamente, y disfrutar más cada momento que la vida nos regala hoy.
Porque, si lo disfrutamos hoy, la última vez seguirá doliendo, pero dolerá con un corazón agradecido por haberte disfrutado una y mil veces.